Reseña de París no se acaba nunca de Enrique Vila–Matas

Leer a Vila–Matas es regalarse horas de buena literatura

En la reseña de Esta bruma insensata, Máximo Huerta, que dicho sea de paso hubiera sido un buen Ministro de Cultura, comentó en el post de Instagram y aproveché para pedirle sus recomendaciones de Vila–Matas. No tuvo muchas dudas al nombrar El mal de Montano, Batleby y compañía y París no se acaba nunca. Decidí hacerle caso (a él y a Víctor Vela @lovasaleer que también entró en la conversación, aunque no con tanto entusiasmo por Vila–Matas como Huerta) y ahora os traigo una de sus recomendaciones: París no se acaba nunca. Tan feliz que ni me enteraba. Es mi tercer Vila–Matas y, aunque empecé con mal pie con Suicios ejemplares (no me gustó), estoy descubriendo a un escritor muy interesante que me hace pasar buenos ratos de lectura.

París no se acaba nunca, como señaló el propio autor en una entrevista, “es un fragmento de la novela de mi vida en el que todo es verdad porque todo está inventado. Y es que, como se dice en el libro, un relato autobiográfico es una ficción entre muchas posibles”, así que estamos ante una novela autobiográfica ficcionada del paso de Vila–Matas por el París de los años setenta. En esos años, el autor intenta adentrarse en el universo literario parisino al mismo tiempo que escribe su primera novela en una buhardilla alquilada a Marguerite Duras. El joven escritor pasea por Saint Germain fingiendo ser un escritor maldito o un pomposo intelectual francés, “a veces, en la terraza de algún café, mientras simulaba leer a algún poeta maldito francés, me hacía el intelectual y dejaba la pipa en el cenicero (a veces la pipa no estaba ni encendida) y me sacaba las gafas con las que aparentemente leía y me quitaba las otras, que eran idénticas a las primeras y con las que tampoco podía leer nada. Pero eso no me hacía sufrir demasiado, porque yo no pretendía leer en público a los poetas malditos franceses, sino simular que era un profundo intelectual de terraza de café de París”. Poco a poco esa impostura irá perdiendo gaseosa y en aguas templadas del café el protagonista se va dando cuenta de su ridículo, “muchas veces, una repentina lucidez que parecía surgir de mi desesperación menos fingida me decía que estaba enterrando mi juventud en la buhardilla. La juventud es extraordinaria, pensaba, y yo la tengo sofocada viviendo una bohemia que no me conduce a nada”.

Como señala Alba del Pozo en un trabajo académico sobre esta obra, “bajo la forma de una revisión irónica de los años de juventud en París, Vila-Matas pone en juego varias herramientas destinadas a romper con la mímesis de lo real. De este modo, el texto se sitúa tanto en la línea de la autoficción como en la de otros textos del mismo autor en los que realidad y literatura son totalmente interdependientes”; el protagonista del libro prefiere expresarlo así, “a fin de cuentas el arte es el único método del que disponemos para decir ciertas verdades” y más adelante recupera una cita de Gide que también le sirve para justificar esta autoficción, “André Gide decía que un artista no debía contar su vida tal y como la había vivido, sino vivirla tal y como la iba a contar. Y, en medio de todo esto, ¿qué pensaba hacer yo? ¿Vivir mi vida tal y como la pensaba contar? ¿Y cómo se llevaba a cabo algo de ese estilo?”. Porque sí, las novelas de Vila–Matas versan sobre la literatura, sobre cualquier aspecto del proceso creador o experiencial de los autores, donde la metaliteratura es un recurso muy explotado, es decir, el autor y el escritor normalmente se hacen falta para explicarse el uno al otro y el lector es un espectador de lujo en esa relación simbiótica. Hasta las comparaciones más nimias están cargadas de literatura, por ejemplo, al final del libro en la despedida con Duras, Vila–Matas escribe, “salí de su vida como se sale de una frase”. Y por supuesto, el título del libro no es azaroso. París no se acaba nunca pretende ser un libro paralelo al París era una fiesta de Hemingway. Vila–Matas aspiraba a ser ese escritor maldito que fue Hemingway. El título está tomado del último capítulo del libro de Hemingway, como señala Vila–Matas, “con la intención descarada de cambiar la alegría de vivir y el entusiasmo del original por la perplejidad de un joven que viaja a París con la idea, más que de triunfar, de huir de Barcelona y sobrevivir”.

Esa continua relación con la literatura en esta novela cristaliza en dos dimensiones. La primera ya la hemos señalado, esa autoficción en la que el propio autor se va formando como escritor (el capítulo 80 es genial) y cómo entiende el proceso de creación de un libro (por ejemplo, el momento en el que se plantea si el libro debe aportar unidad y armonía, “yo me decía que el libro era como una conversación ¿Tenía que sostener una conversación durante horas el mismo tema, la misma forma o la misma intención?”). La segunda la encontramos en las referencias que introduce en los acontecimientos que van sucediendo; aprovecha los episodios de la novela para trufarlos de referencias a películas, poemas, novelas, datos biográficos de escritores o personajes de la época (por ejemplo, el episodio de la muerte de Franco). Las continuas remisiones a escritores y a sus obras son un acierto en la novela. Vila–Matas recurre a Rilke, a Rimbaud, a Fitzgerald, a Woody Allen, a Marsé, a Mendoza o a Beckett para dotar de mayor expresividad a lo que esté contando. A mí este tipo de recursos me pirran, algunas veces porque he leído las obras y otras porque ahora las tendré que leer.

Os recomiendo esta novela de Vila–Matas. No es una novela para todos los públicos ni lo pretende ser, pues como con acierto apunta Ricardo Senabre en El Cultural, “ésta es literatura para aficionados a la literatura, para lectores empedernidos, especie en vías de extinción. Vila-Matas nunca será un autor “popular”, de grandes tiradas y firmante de autógrafos a granel, porque si lo fuera, dejaría de ser el escritor exquisito que es”. Sin embargo, es fresca y divertida. Es profunda y cultureta. Es simpática porque recrea con ironía y sentido del humor esos años de juventud en los que crees que te vas a comer el mundo y al final tienes que tener cuidado de que el mundo no te coma a ti.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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