Reseña de Alimentar a la bestia de Al Alvarez

Un relato épico y ameno sobre una amistad surgida de la pasión por la montaña y la escalada

No es común que relatos basados en deportes se cuelen entre mis lecturas. Tampoco suelo leer libros de escalada, ni técnicos ni novelados. La escalada es una afición muy reciente (ya veremos si se llega a consolidar entre mis actividades), pero la montaña y la naturaleza siempre han estado entre mis gustos y mis lecturas. Además, hace mucho que no leía un Asteroide, no sé si ellos han bajado su nivel o yo me he alejado de sus temas y autores y autoras. Quizás las dos cosas, o quizás ninguna de las dos, pero el caso es que tenía un poco abandonado a la que un día fue una de mis editoriales de referencia. Con Alimentar a la bestia de Al Álvarez vuelvo a reencontrarme con ella y ya tengo algún otro título en mi estantería de pendientes.

El título del libro responde a una de las expresiones que acompañan la vida del progagonista, Mo Anthoine (1939 – 1989), uno de los mejores escaladores de su tiempo, discreto, amigo de sus amigos y con una vida extraordinaria tanto en sus hazañas como en anécdotas como la participación en calidad de especialista (doble de riesgo) en películas como La misión (“es” Jeremy Irons subiendo la mítica cascada); Mo tenía  “una expresión clara y elocuente para definir eso que lo impulsa – a él y a casi todos los escaladores – a buscar la incomodidad; lo llama alimentar a la bestia”. El libro lo firma Al Álvarez, uno de sus amigos y compañeros en incontables travesías y ascensos a las cumbres más difíciles del mundo, como los Dolomitas, el Old Man of Hoy o el Everest.

Me gustan los libros sobre deportistas que tienen que superarse, sobre tenistas o ajedrecistas, y a partir de ahora también sobre escaladores o montañeros. Son gente que combina físico y mente para superarse, “cuando uno escala compite solo contra sí mismo; esto es: contra la rebelión de los músculos, contra los nervios y, cuando algo falla, contra la falta de entereza. En cierto modo, la escalada es incluso una actividad intelectual, aunque con un requisito indispensable: hay que pensar con el cuerpo (…) Hay que calcular cada movimiento con una suerte de estrategia física, en términos de esfuerzo, equilibro y consecuencias. Es como jugar al ajedrez con el cuerpo”. Creo que este tipo de personas tienen mucho que aportarme, puedo aprender muchas cosas de sus experiencias, leyéndolos o escuchándolos. La escalada es sacrificio, pero también es tiempo entre amigos y naturaleza, sobre todo esto último. El protagonista sostiene que en la montaña se sufre, en el momento no lo disfrutas, pero “personalmente siempre salgo con la idea de que en el momento no lo disfrutaré mucho, pero después sí. Disfrutaré de la experiencia que he tenido con mis amigos en la montaña. Y si llego a la cumbre, pues mejor. Pero no es el objetivo. Si esperas disfrutar cada día, mejor olvídate de la montaña”. Es esa mentalidad la que anima a la superación y a descubrir el goce en el sacrificio y el esfuerzo continuado. Los montañeros, los escaladores y los amantes de la naturaleza en general, son gente que disfrutan con las aventuras y rodeados de buenos amigos, “pero no solo las aventuras de montaña. También me gusta ir a la selva, remontar ríos, explorar. Me gusta visitar lugar donde no ha llegado nadie antes. Los sitios verdes de los mapas”. Es esa necesidad de vivir cerca de la incomodidad tan característica de los montañeros la que respira Mo Anthoine, “una vez al año hay que purgar el sistema y sufrir un poco. Sienta la mar de bien. Creo que es porque uno siempre tiene dudas sobre sus propias capacidades (…) pero si uno se pone deliberadamente en situaciones difíciles logra hacerse una idea bastante más acertada [de sí mismo]. Por eso me gusta alimentar a la bestia. Es una especie de chequeo anual. La bestia, en realidad, somos nosotros mismos. Nuestro otro yo. Y quien la nutre es ese yo que creemos ser. Por lo general se trata de dos personas muy diferentes. Pero cuando se acercan es magnífico. En esas ocasiones la bestia come muy bien y uno se siente estupendamente (…) Hay que seguir alimentando a la criatura, al menos para lograr cierta paz mental (…) No concibo nada más triste que morirse sin saber quién eres, o sin saber de lo que eres capaz”. Esto es, justo esto, lo que siempre me atrajo de la montaña y ahora me atrae de la escalada.

Como veis, no es un libro al uso. Es la vida de Mo Anthoine contada por uno de sus mejores amigos. Es la plasmación de una filosofía a partir de un ejemplo concreto. Es tomar un caso para explicar una forma de vida. Es la personificación de una manera de ser y estar en el mundo. Y poco más. Si te gusta la naturaleza, la montaña y la escalada te gustará el libro. Si no, te puede servir como acercamiento a esos ambientes, códigos y experiencias. Si ni siquiera te atraen estos temas, no lo leas, tampoco es una maravilla de la literatura. Es un clásico de la literatura de montaña que destaca por la sencillez de planteamientos profundos, el toque divertido e ingenioso de los diálogos y la intensidad y la pasión con la que se cuentan las expediciones y los ascensos. Ahora quiero encontrar una buena biografía (o autobiografía) de Reinhold Messner, uno de mis ídolos de juventud, ¿alguna recomendación?

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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