Reseña de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez

Bellos relatos por la dignidad y contra el olvido

Hay libros que conoces sin saber cómo llegaron a ti, que tienes conciencia de ellos sin que en algún momento te hayas sentado con ellos a ojearlos y hojearlos. Pasa con las novelas, con la poesía, con las obras de teatro y, como ahora, con los relatos. Los girasoles ciegos es uno de estos libros; quizás aupados por la crítica y lanzados a las masas por el cine. La obra obtuvo el Premio de la Crítica de narrativa castellana y el Premio Nacional de Narrativa. En 2008 se estrenó la película, inspirada especialmente en el cuarto relato, dirigida por José Luis Cuerda, y con guion del propio autor y de Rafael Azcona.

Relatos en principio sin relación que acaban formando parte unos de otros. Los personajes se entrecruzan en los relatos, lo cual da cierta continuidad al libro. Así, por ejemplo, el final del capitán Alegría lo descubrimos en el tercer cuento, porque comparte cárcel con Juan Senra, el soldado republicano que va rascando días a la vida, inventándose historias sobre Miguel Eymar, hijo del coronel y su esposa, por la coincidencia de haberlo conocido. Por otro lado, el segundo y cuarto relato tienen como hilo conductor a Elena, amada de un poeta de dieciséis años que muere en la huida tras dar a luz en el segundo cuento, y en el cuarto y último (que da título al libro) encontramos que es hija de un intelectual republicano, escondido en un armario hasta tener la oportunidad de huir con su esposa y su hijo.

Todos tristes, todos duros y todos bien contados. En Los girasoles ciegos se narran cuatro historias de horror y desolación, en las que se ahonda en las razones de la derrota.  Son relatos para activar la memoria contra el olvido y en defensa de la idea de que, en una guerra entre hermanos, al fin y a la postre, todos son perdedores. Quizá por ello los personajes a los que se les proporciona voz, siempre seres anónimos, aparezcan desorientados, perdidos, como los “girasoles ciegos” del título. El propio Hermano Salvador proporciona la clave de lectura ya que empieza su carta confesando que se siente “desorientado como los girasoles ciegos” y la acaba concluyendo: “seré uno más en el rebaño, porque en el futuro viviré como uno más entre los girasoles ciegos”. Entre la comparación inicial y la metáfora final, el protagonista propone una generalización de su condición, de su desorientación, a la colectividad humana; de modo que todos los personajes pueden considerarse como seres desorientados, condenados a vivir en la oscuridad como murciélagos o girasoles ciegos. Protagonistas perdidos, sin más salida que la dignidad y el respeto a sus valores mancillados por la dictadura respirando en sus nucas.

La época está bien trazada. Muchos libros de este tema, los últimos que he leído han sido Telefónica y Soldados de Salamina. Estos relatos están especialmente bien narrados, siempre se guarda algo sorprendente, como en el cuarto relato cuando antes nos dice que Lorenzo dice que su padre está muerto y después nos cuenta que en realidad vive en un armario. Así Lorenzo pasa de insensato a leal con su padre (el diácono es un personaje asqueroso y deleznable, y tuvo que haber muchos así). Son relatos que consiguen emocionarte, te moverás incómodo en tu asiento, gesticularás y te entrarán ganas de intervenir en el despropósito y la humillación de los protagonistas, de estos girasoles “ciegos”.

De alguna reseña rescaté este párrafo que me encantó y que ahora no puedo citar a su autor o autora porque perdí la referencia, aun así, reconozco que este párrafo de cierre no es mío y me hubiera gustado escribirlo: A Alberto Méndez le gustaba, sobre todo, La montaña mágica y Madame Bovary, García Márquez y Dostoievski. Y Muñoz Molina, entre los de ahora. Y cuando Txani Rodríguez le preguntó sobre los propósitos de un relato de Los girasoles ciegos, así respondió Méndez: “Hay momentos en los que no tienes que elegir entre la vida y la muerte, sino entre la dignidad y otra cosa. Yo he querido hacer un canto a la dignidad. Pues que así sea, leamos Los girasoles ciegos por la dignidad y contra el olvido.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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