Reseña de Botchan de Natsume Soseki

Una buena oportunidad para disfrutar de un antihéroe sosekiano vestido de joven maestro rural

Los que seguís más o menos de cerca el blog ya sabéis de mi devoción por este autor japonés de principios de siglo XX. En estas páginas ya hemos hablado de Más allá del equinoccio de primavera, El minero o mi admirado Kokoro. Ahora os traigo su segunda novela: Botchan. Botchan apareció como novela en entregas en una revista japonesa en 1906. Botchan “es una forma afectuosa y respetuosa de dirigirse a cualquier niño varón o de referirse a él ante otros miembros de la familia. Tiene un segundo sentido de niño mimado o inmaduro. Recoge, entre otros, los sentidos de chiquillo, señorito, niño y querido, pero todos son interpretaciones parciales” explica el traductor en una nota al pie.

La novela narra las pericias de un docente novel que es contratado en una escuela rural. Según la editorial española, la novela recoge parte de las experiencias del propio autor en su primer destino como docente en la isla de Shikoku. A través del relato humorístico de las desventuras del joven profesor en la escuela rural, Soseki traza un mapa del mundo. Y si nos hace reír es, sin duda, porque también está hablando de nosotros. Los párrafos iniciales de la novelita están tan llenos de información que apenas tiene aire, como explica Ibáñez en la introducción “las páginas parecen como empapadas en un espeso y especiado líquido de palabras”. El protagonista de la novela, Botchan, es un ser indeciso, pasota y tibio. Su principal defecto está en su carácter impulsivo, totalmente irreflexivo. Uno de los rasgos desternillantes del personaje es su absoluta falta de astucia. Lo hace todo sin pensar, juzga sin pensar, habla sin pensar, actúa sin pensar, “no soy muy inteligente, nunca lo he sido; la mayoría de las veces, si alguien me intenta convencer de algo con astucia, dudo de mí mismo, pienso que tiene razón y que soy yo quien está equivocado, así que acabo cambiando de opinión”. Y luego sufre las consecuencias. Además, Botchan se ríe amargamente de todas las tradiciones japonesas que tiene que sufrir y obedecer. El resto de personajes son claros antihéroes, perdedores que en sus peripecias ponen de manifiesto el mundo imperfecto que los rodea, que no pueden cambiar, y del que son en el fondo víctimas. Y sin embargo, aunque víctimas, serán beligerantes con Botchan y tratarán de engañarle, gastarle bromas pesadas y despistarle continuamente. Ante esta situación, Botchan responde de una forma inesperada para los profesores y los alumnos: “Me dije que lo mejor sería continuar haciendo lo que me apeteciera sin tener en cuenta lo que los demás pensaran de mí. Sin embargo, también me pregunté con disgusto qué se me había perdido a mí en un lugar tan provinciano y tan cerrado como aquel”. Botchan decide abstraerse y pasar de todo, “si el mundo era así, solo me quedaba encerrarme en mí mismo, e intentar que no me engañaran”. Esta situación se irá complicando a lo largo de la novela en una intrincada red de intereses y falsas expectativas que el protagonista tendrá que ir desenredando para no terminar atrapado en esa tela de araña, pero esto le resultará sumamente pesado y tedioso, “había bastado un mes en aquella ciudad para hacerme comprender que el mundo no era tan apacible como yo creía. No había ocurrido nada terrible, pero me sentía como si hubiese envejecido cinco o seis años”.  Hay quien ve en Botchan al Holden japonés de El guardián entre el centeno, y quizás no sea un símil muy descabellado.

La voz en primera persona es el gran hallazgo de la novela. Frente al narrador en tercera persona, que suele ser impersonal o sabio, la primera persona puede permitirse ese ejercicio tan liberador que consiste en ser estúpido o mediocre, malvado o tendencioso. Por otra parte, Soseki escribe casi con ferocidad, afilando sus palabras como garras. Como señala el traductor en una nota inicial, “escribe con furia, con desdén, sin pudor, sin poesía”, y creo que este estilo directo lo irá perfeccionando en otras novelas, aunque irá ganando en lírica y en ritmo.

Por último, no puedo dejar mi mirada profesional de lado y quiero rescatar la definición que da el director del centro a lo que es un buen docente: “pronto me dio por sospechar que no iba a poder cumplir lo que se esperaba de mí. El director me dijo que tenía que convertirme en un modelo para los estudiantes y que debía, por tanto, comportarme en consonancia. También me dijo que un verdadero pedagogo es aquel que no solo imparte conocimientos, sino que ejerce una influencia moral positiva en sus alumnos”. Japón en 1906, ojalá en 2020 todos los docentes (allá donde quiera que trabajen) tuvieran esto claro.

En definitiva, Botchan es una novelita fácil de leer. Un buen inicio para alguien que no conozca a Soseki. Bajo mi punto de vista, creo que es el libro más flojo de los que yo he leído, pero es que haber empezado por Kokoro dificulta mucho el resto. Aun siendo su novela más floja (por el momento), creo que permite identificar algunos de los rasgos de la narrativa del autor: su profundidad filosófica, sus antihéroes o su retrato de la sociedad nipona sin perder la apertura internacional que otros autores japoneses no supieron incorporar a sus novelas. Soseki siempre es una delicia, no os dejéis liar por mí, leedla.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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