Reseña de Calle de dirección única de Walter Benjamin

Benjamin escribe en todas direcciones y nos señala algunos caminos

 

A un libro como este no se llega por casualidad, sino a través de alguna referencia cruzada. En este caso fue el libro de Vicente Valero Los extraños ambientado en Ibiza, puesto que el pensador germano residió en la isla durante un tiempo. Valero se hace eco de la estancia de Benjamin y así me entero yo de esta maravilla. Pero antes de entrar en harina, os daré dos o tres pinceladas de la vida de Walter Benjamin para quien no lo conozca. Walter Benjamin nace en Berlín a finales del siglo XIX.  Se le reconoce como estrecho colaborador de la Escuela de Fráncfort —a la que sin embargo nunca estuvo directamente asociado—, y sus aportaciones se encaminaron a adaptar el misticismo al materialismo histórico, al que se volcó en sus últimos años, aportando una visión única en la filosofía marxista. Además de filósofo, es considerado un erudito literario; destacan sus traducciones de Proust y Baudelaire y sus críticas ensayísticas sobre Goethe o Kafka. Se suicidó en 1940 en la localidad catalana de Portbou a los 48 años mientras intentaba huir a Estados Unidos con la ayuda de Adorno.

Calle de dirección única, acabado en septiembre de 1926, se publicó por primera vez en Alemania en enero de 1928. La idea de reunir en libro los aforismos que iba entonces escribiendo se le ocurrió a Benjamin a finales de 1924. Sus principales temas son: la catastrófica situación económica de Alemania, la rememoración de la infancia y la ciudad de París. La obra está compuesta por sesenta piezas cortas en prosa, que varían en estilo y tema, diseminadas como fragmentos de cosas perdidas en el tiempo, reliquias y preocupaciones del presente. Calle de Dirección Única, al evocar un denso paisaje urbano de tiendas, cafés y apartamentos, activos gracias al alboroto de las interacciones sociales y empapelados con inscripciones públicas de todo tipo, se constituye como una fenomenología de la vida cotidiana que descubre los dilemas de una era. En este libro Benjamin evita toda apariencia de narrativa lineal, tentando a los lectores con una secuencia aparentemente aleatoria de aforismos, reminiscencias, bromas, observaciones improvisadas, fantasías oníricas, investigaciones filosóficas serias, parodias filosóficas (estas sí, aparentemente serias) y mordaces comentarios políticos. A pesar de la diversidad de sus secciones individuales, el texto de Benjamin está lejos de ser amorfo. Benjamin explora aquí métodos de representación no convencionales, utilizando esas claves estilísticas y formales del surrealismo para producir algo de mayor rigor y seriedad filosófica. En otras palabras, para lo que podría ser una crítica marxista de la cultura material en la forma de un sueño febril.

Ningún texto por pequeño que sea tiene desperdicio. Se refiere a la creación literaria en los siguientes términos, “para elaborar una buena prosa es preciso subir tres escalones: el musical, en el que hay que componerla, el arquitectónico, en el que hay que construirla, y por fin el textil, en el que hay que tejerla”; a su vez, diferencia entre los escritores que viven inmersos en su obra de los que consiguen desprenderse de ella una vez publicada, y se decanta por los primeros, “para los grandes autores, las obras acabadas son menos importantes que los fragmentos en los que van trabajando durante toda la vida. Solo el autor débil, distraído, se encuentra feliz cuando termina y siente que ya puede regresar a su vida”. Tiene momentos en los que se detiene en aspectos concretos como la educación (“los niños no imitan las obras de los adultos, sino que reúnen materiales de tipo muy diverso para jugar con ellos, relacionándolos de una nueva manera. Los niños forman de este modo su propio mundo de cosas”), el impulso de la economía china (“hoy en día nadie puee limitarse a lo que “sabe hacer”. La fortaleza está en la improvisación. Todos los golpes decisivos se están dando con la mano izquierda”), la consideración de la perspectiva en la emisión de juicios (“en verano nos llaman la atención las personas más gruesas; en invierno, en cambio, las delgadas. En primavera, cuando hace sol, percibimos bien las hojas nuevas; en cambio, cuando llueve, vemos las ramas que aun no tienen hojas. (…) La mirada es el poso de los hombres”), o la importancia de la generosidad (“la comida hay que compartirla para que surta efecto. Igual da con quién: así, un mendigo sentado a la mesa enriquecía antiguamente la comida. Lo esencial es compartir y dar, en absoluto la conversación. Por otra parte, resulta sorprendente que la vida social se vuelva problemática sin comida. Y es que agasajar iguala y une (…) Si todos tienen el estómago vacío, al punto surgen las rivalidades”).

Si antes destacábamos su figura como crítico literario, en este libro se desmarca con mucho sentido del humor en el texto “Nº 13” en el que compara los libros y las putas, y sobre estas últimas señala que “en el caso de los libros, es el crítico”. Pero también sacude a los resabidillos de los museos “la expresión de la gente que se mueve por las galerías de pintura muestra una mal disimulada decepción ante el hecho de que ahí solo hay cuadros”), a los impulsivos (“no hay nada más pobre que una verdad expresada como ha sido pensada”), o aquellos que legitiman los asesinatos (“el asesinar a un criminar puede ser moral, mas no lo es el legitimarlo”). Su cercanía a la Escuela de Fráncfort se nota en todo el texto, pero sobre todo en uno que se titula “Alarma de incendios” y que comienza sosteniendo que “el concepto de lucha de clases puede inducir a error” para desarrollar toda una argumentación sobre la necesidad de frenar el poder de la burguesía antes de que sea tarde.

No todo es política o filosofía, también hay espacio para la ternura y la reflexión tranquila. En este caso destaco un pasaje en el que Benjamin se refiere a la muerte que me ha parecido bellísimo, “cuando se nos muere una persona cercana, en los desarrollos de los siguientes meses hay algo de lo que creemos observar que, aunque nos gustaría compartirlo con ella, solo se ha podido desplegar gracias a que ella ya no está. La saludamos incluso en un idioma que ella ya no puede comprender”.

Si durante la obra Benjamin defiende que “hablar conquista el pensamiento; escribir lo domina”, este libro es un ejemplo de un dominio absoluto sobre su pensamiento. Referirse a un libro como Calle de dirección única es hacerlo sobre algo que no tiene precedente ni comparación en la literatura anterior; es hablar de un texto estimulante y desconcertante, que requiere de un tipo de agilidad mental y alfabetización urbana muy especiales. Estas meditaciones, que desafían cualquier género literario, conforman quizás la obra más virtuosa y experimental de Benjamin. Calle de dirección única, incluso si no es un texto meramente autobiográfico, sí prevalece como la transcripción de una mirada, la mirada de alguien que pasea sin ser ajeno a su alrededor y reflexiona cual peripatético sobre su andar, el paisaje. Hay toda una corriente que ya llena bibliotecas sobre la filosofía y los paseos, así a bote pronto se me ocurren las obras de Thoreau, Rousseau, Gros, incluso el Ulises de Joyce, el Wanderlust de Solnit o el más reciente Un andar solitario entre la gente de Muñoz Molina. En este caso Walter Benjamin analiza las transformaciones de su época paseando sobre una calle berlinesa donde aparecen vallas publicitarias, carteles y planes de comunicación que, debido al velo opaco a través del que descansan sobre el mundo, sofocan las nociones de bien común o de igualdad. Desde el simple sueño hasta el retrato, a veces escalofriante, de una modernidad que, en una república de Weimar aún muy frágil, se percibía como una alienación y una amenaza.

Una auténtica delicia en una prosa sencilla, ligera, inteligente, caargada de sentido del humor, con gran profundidad reflexiva, que no será suficiente con una única lectura, sino que desearás volver a recorrer esta Calle de dirección única.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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