Reseña de Todo esto existe de Íñigo Redondo

Un libro sobre las personas – refugio

Cuando una editorial se empeña en que leamos un libro, ese libro se me suele atravesar. Me rebelo contra el sistema. Sobreviví sin ningún problema a Kentukis y a tantos otros, pero en este caso he sucumbido. Y he devorado Todo esto existe (yo lo hubiera titulado “El perímetro del ruido”) de Íñigo Redondo, me he pegado un buen atracón, entraba solo. En otros momentos he reflexionado en este blog sobre el marketing y la literatura así que no me voy a extender, quiero hablaros de este libro.

No nos conocemos. Restregamos la vida de los unos contra la de los otros pero no nos conocemos”, así empieza Todo esto existe, la primera novela de Íñigo Redondo. En ella, el autor crea una historia de soledad y fascinación, la de un hombre y una chica que se cruzan cuando la vida les da la espalda. Alexéi es director de una escuela ucraniana al que abandona su mujer y el alcohol pasa a ocupar su lugar. Irina es una joven estudiante del colegio de Alexéi, inteligente y tímida, que no se termina de integrar entre sus compañeros y guarda un secreto. Ante el miedo y la soledad, las personas buscamos resguardo, cobijo y calor en la tormenta. Así se encuentran Alexéi y Irina. Sin hablar parecen decirse, “si la vida es una mierda, creemos algo más amable”. Así, y tras algunos acontecimientos indeseables, ambos personajes se ven irremediablemente unidos. Lo que al principio es un refugio ocasional, acaba siendo un universo donde todo puede funcionar, “Irina se despereza, abre un ojo. Le mira. Alexéi la ve mirándolo, se acerca y ella vuelve a cerrar los ojos mientras se abraza a su cuello. La deja en la cama, la arropa. Que descanses. Existe. Todo esto existe”. Aunque a ojos del lector todo es una gran equivocación.

Redondo tiene algunos aciertos y uno de los más importantes es no buscar la tensión sexual entre los personajes. No se atraen sexualmente, se gustan vitalmente, “podría abrir la puerta ahora mismo y marcharse, sí, pero ¿adónde? ¿Qué hay ahí fuera que le interese? ¿Qué hay ahí fuera mejor que lo que tiene aquí dentro? Por poco que tenga aquí dentro, ya es mejor que la realidad”. Otro acierto está en el personaje de Irina, porque Alexéi es más o menos predecible, pero la entereza y la madurez de Irina a mí me sorprendió gratamente. Creo que la obra crece con Irina, “¿qué quieres, un espejo de cuerpo entero? Sí, un espejo bien grande en el que poder verme entera. Pero, ¿para qué? Tú te ves cada día reflejado en los coches, en los escaparates, en las ventanas de los edificios. Cada día alguien te saluda, te habla, te ve. A mí no. No me habla nadie. No me veo en ningún sitio. No sé cómo soy. No sé si estoy gorda o flaca. Ni siquiera sé si me gusto. Quiero saber cómo soy. Quiero saber que no soy transparente, que no soy un espíritu, que soy real, de carne y hueso. Quiero saber que existo”. Alexéi es un conseguidor de recursos, un maestro a tiempo completo, la enseña a jugar al ajedrez y se preocupa por el desfase curricular que ella está sufriendo, intenta que ella aprenda a partir de los acontecimientos políticos y sociales que van sucediendo. Cuando la situación se vuelve insostenible, la huida es la única salida y ahí aparece la cita que mejor resume la historia: “¿Seguro que lo tienes todo? Por supuesto que no. Tendría que llevarse las paredes, los muebles, el calor, el olor, el aire, la luz, las horas que ha pasado sola, esperando a que llegase él, día tras día. Por supuesto que no lo tiene todo, porque todo sería el mundo entero, este mundo, su mundo”.

La temática de las soledades intergeneracionales suele funcionar bien. Ahora mismo me viene a la cabeza la novela de Sara Mesa, Cara de pan, que es una auténtica delicia, o la maravillosa película de Sofia Coppola, Lost in traslation. Y en este caso, creo que Redondo también le da valor siendo capaz de crear una “coreografía de soledades” como escribió José Ignacio Carnero (autor de Ama), un mapa de necesidades, de fascinaciones mutuas, de vínculos invisibles (pero indestructibles), de dilemas morales que conducen irremediablemente a los personajes a buscar el calor, el refugio, la compañía y la salvación en el otro. El cierre de la novela es intenso y no podréis parar de leer hasta la última página. La verdad es que, sin que sirva de precedente, en este caso el marketing editorial estaba justificado. Leedlo, no os arrepentiréis.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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