Reseña de Por la parte de Swann de Marcel Proust

Con Proust se gana tiempo

Me regalaron En busca del tiempo perdido hace más de un año y no encontraba el momento de empezarlo.  Creo que es uno de esos libros a los que hay que llegar por iniciativa propia, porque acaban cayendo en las manos por su propio peso. Y porque si alguien osa a recomendarte un libro como este caben dos opciones: 1) es un flipao o 2) no se le ocurren más libros que los que salen en los libros de texto. Sea como fuere yo llego a En busca del tiempo perdido después de desearlo durante mucho tiempo pero con la inseguridad y la incertidumbre de si sabré disfrutarlo y saborearlo. Vamos, que el librito (y Proust) me impone. Hace más de cien años que Marcel Proust publicó Por la parte de Swann, el primer tomo de su obra magna, En busca del tiempo perdido, a la que dedicaría trece años de su vida. Son siete parte de las que las tres últimas son póstumas.

En Por la parte de Swann, el narrador introduce al lector en su universo literario de recuerdos de la infancia y la historia de amor y celos de Swann por Odette. La obra contiene uno de los pasajes más famosos de la literatura (entre las páginas 53 y 55), cuando el narrador come una magdalena mojada en té y ve su conciencia bucear involuntariamente en el pasado, “en el preciso momento en que me tocó el paladar el sorbo mezclado con migas de bizcocho, me estremecí, atento al extraordinario fenómeno que estaba experimentando. Me había invadido un placer delicioso, aislado, sin que tuviera yo idea de su causa. Al momento me había vuelto indiferentes -como hace el amor- las vicisitudes de la vida, sus inofensivos desastres, su ilusoria brevedad, colmándome de una esencia preciosa: o, mejor dicho, esa esencia no estaba en mí, sino que era yo (…) y de repente me vino el recuerdo: aquel sabor era el del trozo de magdalena que, cuando iba a darle los buenos días los domingos por la mañana en Combray -porque esos días no salía yo antes de la hora de la misa-, me ofrecía mi tía Léonie, después de haberlo mojado en su infusión de té o tila”.

El título –cuya traducción siempre se discute- alude a los dos caminos o direcciones que puede tomar el narrador, saliendo de casa de los suyos. Por una parte va hacia el mundo de Swann, que es un rico y elegante burgués judío, y por el otro va al lado de los Guermantes, la aristocrática y refinadísima familia, con la que terminará por hacer amistad. Le fascina la estampa de la duquesa de Guermantes porque sabe que desciende de Genoveva de Brabante y en él influye esa singular magia que llamará “la poesía de los nombres”. Charles Swann el rico y elegante dandi judío es el verdadero gran protagonista de este primer tomo que incluye, casi como una novela corta dentro de la novela (en francés se ha publicado alguna vez así) en la parte llamada “Un amor de Swann”, el nacimiento, el crecer y los celos del amor de Swann por Odette de Crézy, una mujer que en sus primeros encuentros no le dice nada, pero a la que termina por ver y sentir como insustituible, enfermo de celos. Porque para Proust (como tendrá tiempo de desarrollar a la largo de los siete tomos finales, y sobre todo en su historia con Albertine) el amor es una enfermedad. En este tomo, y refiriéndolo a Swann, la síntesis es perfecta. Y es que (no he leído a Austen, pero he leído a Tolstoi) creo que Proust escribe las mejores doscientas páginas que he leído sobre el amor enfermizo, los celos, la desconfianza, la psicología engañosa y cruel de un amor apagado y no correspondido. El tiempo y el amor son dos vectores que muchas veces se sitúan en planos contrapuestos y Proust no desaprovecha este hecho. Hacia el final de la segunda parte, el narrador en un momento de sensatez afirma que “así como los diferentes azares que nos hacen conocer a ciertas personas no coinciden con el tiempo en que las amamos (…), así también las primeras apariciones que hace en nuestra vida una persona destinada a gustarnos más adelante cobran retrospectivamente un valor de advertencia, de presagio, para nosotros”.

Entre las distintas partes que forman la novela hay algunos saltos en el tiempo (una de las principales características en el estilo de Proust), que te dejan con algunas dudas. Pero creo que esto forma parte del encanto de la novela, porque los personajes de Proust son víctimas de esta circunstancia y condición predominante: el tiempo. No hay escapatoria ni para ellos ni para el lector.  Un ejemplo de esas dudas que generan los saltos está en la tercera parte de este primer tomo, cuando nos narra el amor que siente el narrador por la hija de Swann y Odette, cuando en la segunda parte nos daba a entender que definitivamente se separarían para siempre, “¡Y pensar que he desperdicionado años de mi vida, he querido morir y he sentido mi mayor amor por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!“, ¿nos explicará en algún momento de la obra qué es lo que sucedió para que finalmente se casaran Swann y Odette?

Es una novela para leer con tranquilidad (otra vez el tiempo, en este caso “aprovechado”), sin prisas para poder disfrutar de cada uno de los grandes momentos que nos ofrece Proust en su novela. Hay párrafos verdaderamente gloriosos, descripciones concienzudas en las que no sobra ni un detalle, reflexiones absolutamente brillantes como la del valor de la lectura (p. 93 y 94), y momentos absolutamente virtuosos como el cierre de la primera parte (p. 198 y 199). No sé, creo que es un novelón, que he tardado en hincarle el diente, pero que pienso continuar. Ahora con la segunda parte, A la sombra de las muchachas en flor,sobre la que Proust nos deja la miel en los labios en el final de este primer tomo y que no tardaré en disfrutar. Ojalá os apetezca leer este libro que no voy a recomendaros para no ser ni un flipao.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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