Reseña de La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda

Un libro realmente bello y emocionante. Un espacio de concordia

Con este libro comencé una iniciativa que pretende promover la concordia en situaciones de conflicto en la actualidad. Leer La plaça del Diamant es un ejercicio de reconocimiento y empatía con la sociedad catalana, porque si algo nos puede enseñar la Colometa es que la vida es demasiado dura y necesitamos calor, mimo y amor, mucho amor. La novela es una oportunidad para acercarnos al que para muchos catalanes es su libro favorito y una autora de referencia. La plaza del Diamante es uno de los libros de cabecera de los institutos catalanes y una de las mejores novelas catalanas de posguerra. Mercè Rodoreda (de quien ya tengo pendiente Espejo Roto) ha escrito una novela fascinante y conmovedora.

La novela cuenta la vida de Natalia, La Colometa, una sencilla chica de barrio que disfruta de su adolescencia y su juventud en la Barcelona de los años 30. Narrada en primera persona, la historia va tejiendo con una sencillez y una sensibilidad asombrosa la vida de la protagonista. Desde que deja a su primer novio, el Pere, por el Quimet, “ya le había dicho al Pere que lo nuestro no podía ser. Y me dolía mucho habérselo dicho, porque el Pere se había quedado como una cerilla cuando después de haberla encendido la soplan”, pasando por sus primeros conflictos sociales y vitales, “unos cuantos tontos me empezaron a decir cosas para molestar y uno muy gitano se acercó más que los otros y dijo, está buena. Como si yo fuese un plato de sopa. Todo aquello no me hacía ninguna gracia. Claro que era verdad, como mi padre me decía, que yo había nacido exigente…, pero lo que a mí me pasaba es que no sabía muy para qué estaba en el mundo”. El Quimet conquista a Natalia hasta casarse con ella. La sociedad patriarcal y profundamente machista de la época fagocitará todos los sueños de Natalia que tendrá que encargarse de la casa y tener hijos, cumpliendo los deseos caprichosos de su recién estrenado marido. El Quimet pasará el día con sus amigos, sus palomas y sus conquistas esporádicas, vagueando y condicionando su futuro a unas empresas que para nada son rentables. Esto lleva a Natalia a tener que empezar a trabajar para poder mantener a sus hijos y al Quimet, que cada día es más vago y está más irascible. Llega la II República y pronto la Guerra Civil. Llega la Guerra Civil y el Quimet se va al frente… quizás a morir. En un pasaje en el que se encuentra con una amiga de la infancia y ella le cuenta lo bien que lo está pasando con su enamorado en el frente, La Colometa, sin noticias de su marido y con dos hijos en casa, comenta lo siguiente sobre su vida, “le dije que me hubiera gustado mucho pasar una noche como aquella que ella había pasado tan enamorada, pero que yo tenía trabajo limpiando despachos y quitando el polvo y cuidando de los niños y que todas las cosas bonitas de la vida, como ahora el viento y las hiedras vivas y los cipreses taladrando el aire y las hojas de un jardín yendo de un lado para otro, no se habían hecho para mí. Que todo se había acabado para mí y que ya solo esperaba tristezas y quebraderos de cabeza”.

La vida le dará muchos golpes a La Colometa, la castigará duramente, la obligará a mantenerse a flote, “por fín entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho…, porque yo era de corcho (…) me hice de corcho. Tuve que hacerme de corcho para poder seguir adelante, porque si vez de ser de corcho con el corazón de nieve, hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te duele, no hubiera podido pasar por un puente tan alto y tan largo”. Las penurias cada vez son mayores, la guerra hace estragos y La Colometa lo pasa realmente mal, “aquel día, para cenar, comimos entre los tres una sardina y un tomate enmohecido. Y si hubiésemos tenido gato, no habría podido encontrar las espinas. Y dormimos juntos. Yo en el centro y un niño a cada lado. Si teníamos que morir, moriríamos así. Y si por la noche había alarma, y las sirenas nos despertaban, no decíamos nada. Nos quedábamos quietos, solo escuchando, y cuando tocaban la sirena de acabado el peligro, dormíamos si podíamos pero no sabíamos si estábamos dormidos por no hablábamos nunca”. Para sobrevivir a la guerra, Natalia tuvo que vender todo lo que tenía en casa, “sin trabajo, sin nada que hacer, acabé de venderme todo lo que tenía: mi cama de soltera, el colchón de la cama de las columnas, el reloj del Quilmet que quería darle al niño cuando fuese mayor. Toda la ropa. Las copas, las jícaras, el aparador… Y cuando ya no me quedaba nada, aparte de aquellas monedas que me parecían sagradas, agarré la vergüenza por el cuello y me fui a casa de mis antiguos señores”.

La novela es increíble. Destacan la sensibilidad, la humildad en estado puro. El estilo es sencillo, como sencilla es La Colometa. La muerte del padre, la muerte del marido, la dureza de la vida durante la guerra, las penurias que pasa con sus hijos a quienes se llega a plantear matar porque no los puede alimentar… jo, es tan duro y tan bonito a la vez. Las descripciones son maravillosas. Por ejemplo, haciendo referencia a las palomas que cuidaba el Quilmet y que tenían en la terraza del edificio, dice la Colometa, “las palomas, cuando estuvieron cansadas de volar, fueron bajando ahora una y luego otra, y se metieron en el palomar como viejas en misa, con pasos menuditos y con la cabeza adelante y atrás como maquinitas bien engrasadas” o también, cuando describe momentos de debilidad cansada de demostrar tanto coraje y valentía, “y cuando llegué al piso, yo, que casi nunca había llorado, me eché a llorar como si no fuese una mujer”. Olé. Porque es verdad, Rodoreda, las mujeres han mantenido este país con una abnegación, un amor y un coraje que ningún hombre ha sabido demostrar. Y es que este libro es un homenaje a todas esas mujeres que en momentos de extrema pobreza y dureza, se echaron a su familia a la espalda y las sacaron adelante, con tesón, con una fuerza sobrenatural, como Úrsula Buendía o como cualquiera de nuestras abuelas y madres.

¿Y sabéis qué? La historia no termina mal. La Colometa encuentra, por fin, al Antoni, un hombre que la cuidará y se preocupará de verdad de ella, “y cuando todo lo tuvimos nuevo y cuando le dije que aunque era pobre era delicada de sentimientos, contestó que él era como yo. Y dijo la verdad”. El Antoni le devolverá la sonrisa a Natalia, ya vuelve a ser Natalia, y descubrirá el cariño, el mimo y el cuidado que siempre le negó el Quilmet, porque “el Antoni se había pasado años diciendo gracias y yo nunca le había dado las gracias por nada. Gracias…”. A su lado la vida cobrará algo de sentido, volverá el calor al lecho y el alimento a la boca, “la cama estaba caliente como la panza de un gorrión (…) con la cara contra su espalda pensé que no quería que se muriera nunca y le quería decir lo que pensaba, que pensaba más de lo que digo, y cosas que no se pueden decir y no dije nada y los pies se me iban calentando y nos dormimos así y antes de dormirme, mientras le pasaba la mano por el vientre, me encontré con el ombligo y le metí el dedo dentro para taparlo, para que no se me vaciase todo él por allí…”. Después de la guerra, de la miseria, hay esperanza, hay amor, hay calor, hay calma, hay estabilidad y hay compañía y cuidado. Porque la Guerra no acabó con Natalia, y el tiempo le ha dado un lugar de prestigio en la cultura catalana y en el imaginario colectivo. Librazo.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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