Reseña de Operación Masacre de Rodolfo Walsh

Una joya del periodismo narrativo

 

Disfruto conversando acerca de si la literatura debe ser de ficción o de no ficción. Es cierto que no hace falta la realidad para narrar historias que merezcan ser contadas. De la misma forma que no es necesaria la ficción para encontrar historias increíbles. Además, hay ficciones que son excusas para tratar situaciones reales, ejemplos donde puedes controlar todas las variables y que acomodas a tus intereses, pero que tienen su inspiración en la realidad. Es un debate infinito y, en mi caso, recurrente. Suelo decantarme por la ficción, pero uno de los géneros donde disfruto de la realidad es el  periodismo narrativo. Aquí autores como Capote o García Márquez han dejado verdaderas obras maestras. Rodolfo Walsh entró de lleno en el olimpo del periodismo narrativo con Operación Masacre.

El libro relata con maestría los acontecimientos que sacudieron Argentina a finales de 1956 en medio de la dictadura de Aramburu. Un grupo de chicos de José León Suárez (cercanías de Buenos Aires), por circunstancias más o menos fortuitas, coinciden en cada de uno de ellos para ver una pelea de boxeo por la televisión. Resulta que la policía recibe un soplo de que se está celebrando una reunión clandestina entre uno de los líderes (Tanco) de un intento revolucionario que había estallado en el país días antes (liderado por el general peronista Juan José Valle). Entran en la casa de los protagonistas, los secuestran y asesinan en un basurero cercano, “cinco muertos seguro dejó la masacre, un herido grave y seis sobrevivientes”: Juan Carlos Livraga (herido grave), Miguel Ángel Giunta, Julio Troxler, Reinaldo Benavídez, Norberto Gavino, Horacio Di Chiano, Rogelio Díaz, Vicente Rodríguez (asesinado), Nicolás Carranza (aasesinado), Francisco Garibotti (asesinado), Carlitos Lizaso (asesinado) y Mario Brión (asesinado). Walsh sostiene que “basta la simple lectura de la lista de ejecutados para comprender que el Gobierno no tenía la menor idea de quiénes eran sus víctimas”.

Cuando Walsh publicó por entregas sus reportajes en el diario Mayoría y logró llevar ante los tribunales (jueces sumisos al gobierno) a algunos de los implicados en el crimen, las defensas, entre otras falacias, argumentaron que los asesinos actuaron bajo el amparo legal de la Ley Marcial decretada la noche de autos por las autoridades para hacer frente a la insurrección. Walsh logró demostrar que los acontecimientos se desencadenaron a las 23’00 horas del día 9 de junio, mientras que la Ley Marcial no fue difundida a la nación hasta las 00’32 horas del día siguiente. A través del testimonio de algunos implicados, la investigación llevada a cabo con los documentos judiciales del asunto y el olfato periodístico de Walsh, se da debida cuenta de la impunidad con la que actuaron los responsables de la matanza. El autor denuncia que en este proceso “se detuvo a un grupo de hombres antes de entrar en vigencia la ley marcial; que no se les instruyó proceso; no se averiguó quiénes eran; no se les dictó sentencia; y se los masacró en un descampado”. Y es que todo el proceso estuvo manchado de errores y arbitrariedades que sirvieron para asesinar impunemente a unos jóvenes sin ninguna responsabilidad revolucionaria ni política. Así pues, según Walsh, “esa, pues, es la mancha imborrable, que salpica por igual a un gobierno, a una justicia y a un ejército (…) No habrá ya malabarismos capaces de borrar la terrible evidencia de que el gobierno de la Revolución Libertadora aplicó retroactivamente, a hombres detenidos el 9 de junio, una ley marcial promulgada el 10 de junio. Y eso no es un fusilamiento. Es un asesinato”.

Todo esto, reconoce Walsh, ha sido posible gracias a la denuncia que se atrevió a interponer uno de los sobrevivientes, Livraga, a quien el propio autor le describirá destacando que “ante el peligro se mostrará lúcido y sereno. Y pasado el peligro, demostrará un coraje moral que debe señalarse como su principal virtud. Será el único, entre los sobrevivientes o los familiares de las víctimas, que se atreva a presentarse para reclamar justicia”.

Más allá de dar voz y denunciar un proceso que debe avergonzar a toda una nación (de la misma forma que a mi me avergüenza la dictadura franquista y el cierre en falso que se ha hecho en España de nuestra reciente historia sangrienta e repugnante) el acierto de Walsh también se manifiesta en el estilo narrativo. Esa mezcla de realidad y ficción sobre los sentimientos de los implicados, las ausencias que dejaron (“dieciséis huérfanos dejó la masacre”), la forma de narrar las incongruencias del proceso o las miserias de los que consiguieron huir de la masacre, son las que realmente te mantienen pegado al relato. Las descripciones de las situaciones están especialmente cuidadas. Por ejemplo, la escena inmediatamente posterior a la masacre es de una sensibilidad absoluta: “había salido el sol sobre el tétrico escenario del fusilamiento. Los cadáveres estaban dispersos en las inmediaciones de la ruta. Algunos habían caído en una zanja, y la sangre que tenía el agua estancada parecía convertirla en un alucinante río donde flotaban hilachas de masa encefálica. Tiempo después vaciaron allí un camión de alquitrán y otro de cal… Por todas partes había cápsulas de máuser. Durante muchos días los chicos de la zona las vendieron a los visitantes curiosos. En varias casas lejanas quedaron impactos de balas perdidas”. ¿No identificáis la rabia del autor? A mí me parece evidente. No hay nada más que una descripción, sin valoraciones, sin exageraciones ni ningún recurso retórico que envuelva el relato en una pompa inasumible. Y aun así, el fragmento es dolorosamente claro.

El libro versa sobre historias silenciadas. De los sinsentidos de las dictaduras. Del dolor sobrehumano al que se somete a las víctimas y a sus seres queridos. Si disfrutaste con Leila Guerriero, Xoan Tallón, o el gran Chaves Nogales, seguro que lo harás con este clásico del periodismo narrativo. Un imprescindible del género.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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