Reseña de Ordesa de Manuel Vilas

Un libro sobre la necesidad de querer sin límites y de ser merecidamente querido

Este es uno de esos libros que he leído por aclamación popular. En principio no me llamaba la atención ni el autor ni el tema, pero tras leer algunas críticas y dar debida cuenta del éxito que cosechaba en algunos de los perfiles que tengo como referentes en Instagram, decidí darle una oportunidad. Y no puedo dejar pasar más líneas sin advertir de que Manuel Vilas ha escrito un tratado sobre la condición humana. Así de rotundo tengo que ser. Ahora voy a intentar explicaros el porqué de una valoración tan atrevida.

Ordesa es un relato autobiográfico dirigido a su padre y a su madre, a veces autocompasivo, otras justificando los porqués de sus ausencias, y manteniendo firme su duda sobre si hubiera podido ser mejor hijo o no. A la vez es un profundo análisis sobre la sociedad española de las últimas dos generaciones. Todo está imbricado, la relación entre ambas capas del texto es permeable, lúcida y brillante. En el texto pesa más el relato autobiográfico y ese ejercicio de desnudez al que se somete el autor es humilde y descarnado, “no me importa exhibir la vida de mi padre. Aunque en España nadie quiere exhibir nada. Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. Cuando yo conozco a una persona, siempre le pregunto por sus padres, es decir, por la voluntad que trajo a esa persona al mundo”. A Vilas no hace falta preguntarle por sus padres. Estamos ante un relato sincero porque para el autor “la verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad”.

El protagonista del relato es su padre, pues según el autor, “todo lo que le pasó a mi padre repercute en mi vida con una precisión milimétrica. Estamos viviendo la misma vida, con contextos diferentes, pero es la misma vida” pero no es algo que lo diga de forma peyorativa, sino que lo acepta y se enorgullece de ello, “tampoco quiero llegar a ser alguien distinto de mi padre, me causa terror llegar a tener una identidad propia. Prefiero ser mi padre”, sentencia. Para Vilas su padre es Bach y su madre Wagner, “porque nuestros muertos han de transformarse en música y en belleza”, así que también pondrá nombre a otros muertos e incluso vivos; por ejemplo, a sus hijos los llama Brahms y Vivaldi, a un hermano de su padre Rachmaninov e incluso al rey Felipe VI, Beethoven (“el rey de la historia de la música”). La relación de Vilas con su madre también es intensa. Su muerte le afectó muchísimo (esto debe ser una obviedad); al enterarse del fallecimiento de su madre Vilas “estaba ante la disolución de una época histórica. Con ella se iba todo, y me iba yo. Me vi a mí mismo diciéndome adiós a mí mismo. Exacto: el fin de un periodo histórico: adiós al Renacimiento o adiós al Barroco o adiós al Silo de las Luces o a la Revolución rusa o a la guerra civil o al Románico o cualquier civilización digna de memoria. Terminaba una época. Moría una reina”. El recuerdo que guarda Vilas de sus padres está plasmado de forma muy bella durante toda la novela. Ojalá yo supiera escribir así para decírselo a los míos. A veces da cierta pena, te compadeces de él, e incluso llega a sobrepasar la línea de lo políticamente correcto de forma que esa pena llega a tener carácter peyorativo. En muchos momentos del libro, Vilas se ve a sí mismo como un perdedor, una persona sin el timón de su vida que llega mal y tarde a los acontecimientos cruciales de su existencia, tomando las decisiones equivocadas y sin posibilidad de enmienda. No me gustan esos momentos del libro, pero son necesarios para darle sentido al resto. Hacia el final extraigo una de los aprendizajes que deja la novela, “sin familia, solo eres un perro solitario” y, sin embargo, disfruta de la soledad que le persigue “ya no me satisface la compañía de ningún ser humano. Amo a los seres humanos, pero no me apetece estar con ellos (…). Es como haber comprendido que la soledad es una ley de la física y de la materia, una ley que enamora. Es la ley de las montañas. La ley de Ordesa. La niebla sobre las cumbres. Las montañas”.

Entre la historia personal y la social, Vilas no deja pasar la oportunidad para hablar de otros temas que dan profundidad al libro y lo terminan de coronar como “tratado de la condición humana”. Le dedica esfuerzos a reflexionar sobre el amor, “la muerte de una relación es en realidad la muerte de un lenguaje secreto. Una relación que muere da origen a una lengua muerta” (en clara sintonía con Isaac Rosa y su Feliz final). Tiene un capítulo, el 48, dedicado a la educación y a la función de la educación en la sociedad española. Y tiene tiempo para detenerse en la corrupción política “hay una función social en la corrupción política, una función catártica, que debería ser un eximente. La gente se olvida de sus propias miserias cuando ve en la tele a un político encausado. La corrupción de los políticos distrae nuestras propias corrupciones morales”, y no le falta razón, pues los españoles somos muy dados a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Como veis el libro es bastante ecléctico. Toca muchos palos y salva todos los obstáculos que la narración podría haberle puesto. Vilas maneja con maestría diferentes entornos, situaciones, reflexiones, recuerdos, poniendo en liza recursos variados y bien seleccionados. Incluso hacia el final del libro se permite el lujo de pasar a la poesía y cerrar la novela con los fuegos artificiales de las rimas y la lírica. Ha escrito un libro intenso, delicado, sanador (para el autor, seguro que quedó extasiado), hermoso, humano, íntimo, salvaje y reconfortante. Un libro sobre la necesidad de querer sin límites y de ser merecidamente querido. Un grito estremecedor sobre el paso del tiempo. Vilas no se deja nada en el tintero, escribe a sus padres lo que no les dijo en vida, reproches y perdones incluidos. Y nos anima a nosotros a no caer en sus errores. Un verdadero tratado sobre la condición humana. Un lujo. Un libro inolvidable. Léanlo.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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