Reseña de La entreplanta de Nicholson Baker

Un elogio a lo anodino, a lo trivial, a lo insignificante desde una obra que es todo lo contrario

Disfruto de mi capacidad de lectura un tanto ecléctica, siempre caótica. Soy incapaz de elegir un tema y exprimirlo. Soy caprichoso e impulsivo en los libros que elijo. Intento tocar todos los palos. Clásicos (por supuestísimo, aún tengo muchas carencias). Éxitos actuales (reconocidos por premios o destacados por mis librerías de referencia). Poesía (no hay Literatura más artesanal y más verdadera). Teatro (debería ir más y leerlo menos aun). Y rarezas. A veces hay que dejarse llevar por las rarezas. Hace poco os hablé de lo agradecido a las editoriales por rescatar títulos olvidados y desconocidos para el lector medio. Al menos en España esta labor es de alabar; no conozco las realidades editoriales de otros países (podéis ilustrarme, por favor).

La entreplanta de Nicholson Baker es una de estas rarezas. Llegué a ella como se llega a los buenos libros, a través de mis infames libreros preferidos y sin embargo amiguetes (Tipos Infames, C/ San Joaquín, 3, Madrid). Editada por La navaja suiza (“literatura solo apta para lectores audaces”), y traducida por Ce Santiago (#citalatraducción). Una pequeña joya sepultada bajo el polvo que dejan las estelas apabullantes de bestsellers vacíos pero fáciles de leer.

Baker entra en la mente de Howie, un yuppie de cualquier ciudad financiera que vive acobardado por las dimensiones de esos gigantes de cemento y ascensores de más de ochenta pisos. La historia apenas avanza, todo transcurre en el tiempo que Howie sube unas escaleras mecánicas de vuelta a su puesto de trabajo tras haber salido a comprar unos cordones nuevos para sus zapatos, que misteriosamente se le han roto en días consecutivos y sin motivo aparente. Mientras está en esas escaleras mecánicas (al principio subía las escaleras, ahora se deja llevar) hace un repaso mental de su jornada. A través de sus pensamientos (minuciosos y exhaustivos, a veces en exceso ¿se puede ser minucioso y exhaustivo en exceso?) Baker disecciona virtuosamente objetos comunes y asuntos triviales, cotidianos y anodinos. Y la verdad es que me siento identificado. Quizás no me plantee el proceso de envasado y distribución (a domicilio) de una botella de leche, ni me preocupe la tribología (el conocimiento detallado de la interacción entre las superficies y las superficies que lo padecen) aplicado tanto a las barandillas de goma de las escaleras mecánicas como a las agujas y los surcos de los vinilos, las máquinas expendedoras o las pajitas para absorber. Pero sí que voy por la calle pensando en cosas poco interesantes (os lo concedo, aunque para mí cobren bastante interés en el momento en el que me las planteo) como…

La singularidad de la obra reside en la capacidad para considerar importantes aspectos normalmente absurdos, y centrarse en ello, sin conflictos entre personajes, sin giros inesperados de guion, sin batallas axiológicas internas…no, aquí no pasa nada y sin embargo no dejan de pasar cosas. Baker nos propone detenernos y mirar a nuestro alrededor mientras un mundo enfermizo y absolutamente economicista nos obliga a movernos. Hay algo que no ha dejado de incomodarme, el abuso de las notas al pie, que obviamente están forzadas y Baker disfruta. No entiendo por qué no están en el cuerpo del texto. Nunca me han importado demasiado el número de páginas, pero no me gusta dejarme los ojos leyendo páginas enteras de notas al pie minúsculas. Baker no inventa nada, bebe de las fuentes de otros grandes que antes ya se habían detenido en aspectos insignificantes. Proust o Perec, por ejemplo. Recuerdo ahora, sin ir más lejos, el libro que leí el año pasado de Perec, La vida instrucciones de uso, en el que todo transcurre en un mismo momento en diferentes pisos de un edificio cualquiera en París.

Leedlo si os apetece algo diferente. Una rareza digestiva. No empalaga. No tan digresiva como Autorretrato (de Levy), Lancha rápida (de Adler) o Me acuerdo (de Brainard). Se deja leer. Es fácil, ágil, entretenida y a veces divertida. Leedlo si venís de una novela densa y os esperan otras igualmente complejas y trabadas. Este es un libro ideal para coger aire, para descansar sin dejar de leer.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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