Una historia que nos enseña a vivir mejor

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No sé qué clase de criterio inconsciente estoy utilizando para que últimamente los libros que permanecen en mis manos en los frecuentes paseos por librerías tengan el denominador común de la naturaleza, la montaña, la lejanía, la soledad…algo tiene que estar pasando dentro de mi para que me sienta atraído por estas cuestiones. O quizás la reflexión exija un poco más por mi parte. Creo que no selecciono libros por esas cuestiones, sino por otras más profundas. Y creo que Canadá me va a permitir llegar al fondo de esta reflexión.

Richard Ford (sí, es mi primer Ford y sé que tengo que leer, al menos, El periodista deportivo) nos presenta a Dell Parsons en su versión adulta quien nos narra su propia experiencia desde que era un adolescente estadounidense cuya vida gira bruscamente el día que sus padres atracan un banco y son detenidos. En ese instante, tanto él como Berner, su hermana melliza, deben hacerse cargo de sus vidas. Lo harán de forma individualista en dos huidas hacia delante en direcciones diferentes. Berner permanecerá en Estados Unidos y Dell se instalará en Canadá. Pero la historia es solo una excusa que Ford utiliza para tratar temas de mayor calado como la madurez, la pérdida de la inocencia, la individualidad del ser y la importancia de ser exigente y coherente con uno mismo, el rol de la familia en la sociedad y el valor de la perseverancia y la prudencia en entornos incontrolados.

El libro brilla con luz propia. El estilo de Ford es embriagador. Se detiene continuamente en descripciones, en situaciones banales y en momentos que pueden parecer inocuos, pero como señala nuestro protagonista, “es mucho mejor ver nuestra vida y los acontecimientos que dieron al traste con ella como dos partes de una misma cosa que ha de tenerse en mente de forma simultánea para poder entenderla cabalmente: el lado normal y el lado catastrófico. Un justo al lado del otro. Cualquier otro modo de mirar nuestra vida corre el riesgo de desdeñar la parte esencial, racional, prosaica en la que vivíamos, la parte en la que todo tiene sentido para aquellos que la habitan, y sin la que nada de esto valdría la pena contarse”. Aún más, esta convivencia de situaciones anodinas con momentos frenéticos es un reflejo de la vida misma, así lo dice Dell, pues “el preludio de las cosas malas puede ser ridículo (…) pero también fortuito y anodino. Lo cual conviene tenerlo en cuenta, por cuanto puede mostrarnos de dónde pueden surgir tales acontecimientos funestos: a apenas unos centímetros de distancia de cualquier hecho cotidiano”. Touché.

Ford es capaz de situarse dentro de un adolescente y contarnos cómo se ve la vida desde esas edades, porque a pesar de que la historia se narra desde la adultez del protagonista, la importancia está en la adolescencia del mismo. No debe ser sencillo para un chico de esa edad asumir las cosas que tuvo que asumir Dell Parsons, y aun así “hay quienes pensarían que presenciar cómo esposan a tus padres, se les llama a la cara atracadores de bancos y se les lleva a cárcel, y ver cómo tú y tu hermana os quedáis solos, podría hacerte perder la cabeza. Podría ponerte frenético y hacerte correr por las habitaciones de la casa y gemir y abandonarte a la desesperación, porque las cosas ya nunca volverían a ser como antes. Y seguro que para algunos sería así. Pero uno nunca sabe cómo reaccionará en una situación semejante hasta que esta acontece. Puedo afirmar que la mayor parte de lo que acabo de decir no sucedió en este caso, aunque por supuesto nuestra vida cambió para siempre”. Cuestiones como la fugacidad de la estabilidad (“la mayoría de las cosas no siguen mucho tiempo como están. Saber esto, sin embargo, no me ha hecho escéptico (…) Yo lo que hago es no dar nada por sentado y tratar de estar preparado para el cambio que pronto ha de llegar”), el aprovechamiento del tiempo y las oportunidades (“no gastes el tiempo en pensar cosas pasadas y deprimentes”), la importancia de ir ligero de equipaje (“no te niegues a las cosas, y asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder”) y ser consciente de que el mundo gira a tu pesar (“tal vez se asimilaban las cosas sin saberlo (…) Este estado anímico me confería una libertad nueva (…) Podía gustarme o podía aborrecerlo, pero el mundo iba a seguir cambiando a mi alrededor al margen de cómo pudiera yo sentirme”), son permanentes a lo largo de toda la novela. La mejor conclusión que se puede sacar de la novela está el último párrafo, “tendrás una oportunidad mejor en la vida –de sobrevivirla- si toleras bien la pérdida; si te las arreglas para no ser un cínico en todo aquello que ella implica; si te supeditas, como sugirió Ruskin, al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar”.

Pensándolo mejor, creo que son estas cosas las que me atraen cuando selecciono un libro en una librería. Ford me ha hecho un favor por permitirme encontrar de forma nítida aquello que no debemos olvidar. Está bien de vez en cuando dar con libros que nos enseñen a vivir. Canadá nos enseña a vivir mejor. Así que léelo si quieres aprender. Si quieres vivir. Dos veces.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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